Continuando con la historia de cómo conocimos y captamos a
Mr Richardson, volvimos a nuestro Korova (el bar de la naranja mecánica)
particular, que se llamaba Assimilate. Había un tipo orinando en la barra en
los pies de una chica mientras pedía una cerveza. Como estaba abarrotado, nadie
se daba cuenta y ella iba tan beoda que no notaba el líquido en sus medias. Cuando
el tipo en cuestión nos miró fijamente, yo ya sabía de quien se trataba. Sentí
lástima por la chica y ni le devolví la mirada. Además ese día estábamos con el
resto de integrantes de los Alices Pills (grupo cuyos integrantes son fanáticos de Alicia en el país de las maravillas) y si Pete se unía a semejante Samael, Dios
podía cogernos confesados. Pero los arcanos deparaban que íbamos a tener
aventura esa noche.
Estábamos a lo nuestro, hablando de música, bailando e
intentando que alguna chica se fijase en nosotros. Entonces ocurrió lo que
tenía que ocurrir. Este huro sin domesticar empujó a otro gigante, que empezó a
vituperarles a él y sus amigos piropeándoles con frases como maricas de mierda,
come pollas , sidóticos, o clamidiosos
hijos de perra. Pete no se hizo esperar. Al primer puñetazo de Dead sobre la
cara del homófono, se lanzó sobré él dándole una paliza. Muchos amigos
intransigentes o no, debían ayudar a su compañero de salidas nocturnas,
acudieron a la llamada del aullido de dolor de este play boy de vertedero.
Conclusión: nos vimos involucrados en una pelea defendiendo a una panda de
tarados que no temían a nada ni a nadie. Yo tampoco es que fuese un huidizo de
las peleas, pero el sitio me gustaba y no quería convertirme en una persona non
grata y menos por gente de semejante calaña moral. Una pelea de perros no era mi idea de un día de fiesta.
Dio la casualidad de que conocíamos al de seguridad que
acudió en nuestra ayuda, pero al llegar demasiado tarde dijo que ese día mejor
que nos fuésemos viendo como habían terminado el grupito de tunos que cantaban
a la intolerancia. Tendríais que verles. Su estado era del que te deja como a
una recién parida al verles. Tres de
nueve al hospital y el resto marcados con moratones del ego de Pete, el cual al
verse rodeado de mucha gente se había pasado de la raya.
Dead había sido diferente. Cosa que me gustó. Solo agredió
al que le insultó, fue curiosa esa transfiguración en su cara al estamparle el
vaso en el ojo. Se diría que habría disfrutado. Y después solo tocaba ese punto
al lanzar puñetazos. Pretendía dejarle tuerto. Cuando terminó todo, dijo.
-Le he hecho un favor. Le he operado las cataratas y espero
que la gilipollez. Creo que ya no verá a los gays como débiles.
Al contrario de lo que pensé, ni habló con Pete. Se acercó a
mí para agradecérmelo, y a Jean le obsequió con un beso en la cara. Tratándose
de alguien así yo no sabría si habérmelo tomado como un cariño de
agradecimiento o una amenaza del estilo del Chicago de al Capone. Nos invitó a
su casa a los dos (el resto de Alices Pills todavía seguían siendo lo borregos
del hedonista prusiano y se fueron a otro lugar a cantar esa batalla con
exageraciones y estupideces varias), y accedimos a ir si no iban el resto de
secuaces.
Jean y él hablaron de fotografía, arte, y de otras materias
mientras yo pensaba si haríamos bien en intentar llevarle a nuestro terreno.
En su casa, cuando cogió suficiente gradación de vodka en su
cuerpo y confianza en su mente nos contó su historia, en la que no me voy a
explayar por ser tan típica. No tiene sustancia para llenar páginas.
Un chaval con tendencias homosexuales en un colegio de una
orden religiosa radical. Ya entendía lo del símbolo de su máscara. Y ya me
había puesto su debilidad en bandeja de plata, cual cabeza del Bautista. Estaba
teniendo mucha suerte con mis futuros adeptos. Me decían lo que quería oír sin
ninguna dificultad. Aún así me parecía un tipo muy difícil de domar. Debía
castrar esa violencia y revanchismo barato de raíz. Tenía que aspirar vahos de
frialdad para ser apto, y amueblar su cabeza con conceptos y no instintos
vacuos. (Yo defendía los instintos, pero con raciocinio. Con un ideal detrás
que los hiciese grandes). Ay de ser así que buen compañero sería. Y debía
secuestrarle de las garras de su manada de monos voladores secuestradores de
inocencia, como esos icónicos personajes del mago de Oz.
Para ello había urdido un plan junto con Jean, que con mucho
esfuerzo comenzaba a emitir en mi secuencia mental. Se acercaba la noche de
todos los santos. Como sabíamos que le gustaban las travesuras, debíamos
llenarlas de criterio.
Iban a salir de “caza”. Así que los convencimos para ir al
cementerio más cercano, a por las parejas que mancillaban el recuerdo de sus
muertos. Con que facilidad se puede jugar con seres tan vacíos y radicales.
A ellos eso les daba igual, dudo que respetasen el recuerdo
de nadie. Se acercaba Halloween, y
jugamos con esa ventaja para pasar inadvertidos. Jean iba disfrazado de cadáver
o de Michael Graves en los Misfits (no me quedó muy clara de explicación de
seis minutos sobre su disfraz), yo de Willy Wonka pero con la cara pintada de
negro y el resto con sus trajes de templarios del odio.
Bien, hasta pasadas muchas, muchísimas lunas no volví a ver
tanto rencor de una vida insustancial volcarse en inocentes cuerpos que solo
buscaban diversión pero en el lugar y en el momento equivocado.
Bajamos todos menos un templario anticristiano del monovolumen.
Ese se quedó dentro rechistando de por que tenía que ser él quien debía
quedarse por si surgían problemas.
Ver a Dead hacer de las suyas era un shock. Jean y yo
sacamos a dos amantes de un coche, los asustamos y les rociamos pintura negra
entre risas. Eso era todo. Ya comenté antes que debía anestesiar la bestia que
llevaba dentro, porque en ese momento se habría vuelto contra el mismo Dead y
sus amigos. Mi bestia era podría ser y llegaría a ser mas cruel y enfermiza,
pero siempre mas racional. Lo que yo haría tendría un concepto claro, una razón
de ser. No la violencia por la violencia.
Ellos cogían a pequeños grupos de adolescentes bebiendo en
la puerta del cementerio con la música a volúmenes desorbitados y les llenaban
la boca de alcohol y piedrecillas que encontraban en el suelo mientras otros
los sujetaban hasta que escupían al borde de la asfixia. Esa cara de
satisfacción me perseguiría en mis sueños. ¿Realmente podría humanizar a una
persona así o era una fantasía de poder
la que me estaba engullendo?
Al ser Halloween pronto, había muchos coches desperdigados
por todo el cementerio. Estos Clowns del terror solo iban a los coches
aparcados en lugares oscuros y solitarios.
Cogían a pequeños grupos,
rodeaban a uno o dos y les llenaban la boca con lo primero que cogían del
suelo, vomitándoles y masturbándose encima de ellos o ellas, amenazando
con violarles y dando alguna que otra paliza al azar cuando ellos creían que
llegaba el tiempo estipulado de hacerlo. Generalmente marcaban unos minutos, y
al que le tocase… mala suerte.
El modus operandi era así. Cantaban una canción que todos
conocían y cuando se terminaba, con el pobre o la pobrecilla que estuviesen
tocaba ensañamiento.
Haciéndoles cortes por todo el cuerpo, masturbándose encima
después de haberles desnudado, y dando todo tipo de golpes al azar y sin
criterio. De hecho, a una chica casi le dejan sin sentido.
Llevaban una silla como de tortura, con la que metían las
piernas d euna persona como en grilletes, y girando una manivela se iban
abriendo y abriendo. Menos mal que no les dio tiempo a usarla ni sacar mas
juguetitos. Esa eran las cosas de Dead. Fabricaciones propias.
Llegado un momento hicimos lo que teníamos pensado. Llamar a
la policía. Jean había aparcado su coche negro en la parte de detrás. Segundos
después de llamar apartamos a Dead del resto, como un león aparta al ñu enfermo
en los documentales del Discovery Channel. Al llegar la policía todos se
esfumaron. Mientras intentaban perseguir
a Dead paramos el coche frente a él y le gritamos para que entrase. Pero era
imposible. No había ya tiempo. No calculamos bien el tiempo. Eso nos había
salido mal.
Al día siguiente fuimos a por él al calabozo. Le contamos
que llevamos otro coche pues no nos fiábamos del conductor bla bla bla… Dead
alabó nuestra lealtad y juró venganza contra sus compañeros en la iniciación de
la estupidez.
Jean tenía contactos en la
policía (hecho que yo no sabría hasta ese día y que a los Sinners nos vendría
de perlas). Al no haber denuncia de unos adolescentes asustados por si había
represalias, que no había nadie gravemente herido y que en el acta policial
salían actos vandálicos y nada mas grave gracias a Jean no hubo problemas. De
bastante peores había sacado a Pete.
Dead no tendría antecedentes. Su ficha policial seguía
limpia y nadie de su círculo profesional se había enterado.
Había sacado dos cosas de estar en el calabozo: la primera
era que la máscara no siempre sirve si tus compañeros te venden (se deshizo del
uniforme de cruzado satanista rápidamente).
Y la segunda que nos debía favores. Y eso según sus
principios era doble lealtad, lo que poco después yo convertiría en
sometimiento. Era una persona que no perdonaba los actos de perfidia y
traición.
Ya era nuestro. Teníamos nuestro propio ángel destructor.
Ahora habría que atarle al palo de la razón y herrarle en la dignidad apartando
instintos de venganza contra el mundo para aleccionarle. Sería difícil y
llevaría su tiempo, pero no imposible.
Lo que me hacía tener pensamientos de responsabilidad era…
¿y si no aguantaba mis planeadas acciones futuras? ¿Y si volvía a ponerse esa
máscara luciferina en su corazón? Ya veríamos que pasaba, pero no toleraría
faltas de indisciplina en los Sinners.




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